El fariseo que llevamos dentro.

 


Los fariseos eran una clase sacerdotal que creían que por sus estudios, por su dedicación a Dios… eran superiores a cualquier otro ciudadano (Mateo 23:2). La característica más típica de ellos era que NO hacían ciertas prácticas y SI hacían otras, y todo aquél que no actuaba como ellos simplemente era inferior (Mateo 9:11). En ellos se miraba reflejada exactamente la “doble moral”, misma que hoy en día tristemente se ve reflejada “in extremis” (Mateo 23:23). Pruebas: Mi fariseo ve a los demás como fuera de lugar. Mi fariseo me hace creer que el lugar en donde estoy congregándome es mejor que el de los demás, es más, me hace creer que el mío es el verdadero. Mi fariseo me hace creer que cada vez que abro la boca para decir algo estoy diciendo la última revelación de Dios. Mi fariseo me hace creer qué en una discusión o declaración, yo, por decir la última palabra tengo la verdad absoluta. Mi fariseo se cierra a escuchar lo que otros dicen para no contaminarme. Mi fariseo llega a tal extremo que aunque una verdad esté comprobada científica e históricamente, si no la respalda mi autoridad en el púlpito, entonces simplemente es una herejía. Y lo más grave de todo es el hecho que mi fariseo no se da cuenta que es un fariseo. Meditemos

Señor: Danos un honesto celo por tu casa

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