El anonimato.
Cristo dijo a las multitudes
en el Sermón del Monte: “Cuando, pues, des limosna, no hagas tocar trompeta
delante de ti, como hacen los hipócritas en las sinagogas” (Mateo 6:2). El ser
humano tiende a buscar la gloria y la honra de los hombres aún sin darse
cuenta. Todos queremos que se nos reconozcan las virtudes y ser alabados en
público. Cuando es así, corremos el riesgo de que la vanagloria nos alcance; y
cuando no lo es entonces podemos entrar en depresión, nos sentimos frustrados o
decepcionados. Cristo nos llama a que no oremos en público para ser admirados (Mateo
6:5); nos incita, por medio del apóstol Pablo, a que todo lo que hagamos lo
hagamos como para el Señor y no para con los hombres (Colosenses 3:23). Y nos
explica que mejor son las recompensas de él que las de los hombres diciendo: “Y
tu Padre, que está en los cielos, te recompensará en público” (Mateo 6:6).
Jamás la recompensa que nos den los hombres será semejante siquiera a la que
nos de Dios. Un ejemplo de anonimato lo vemos en la esposa de Noé, jamás se
conoció su nombre, caminó en el anonimato literalmente por “cientos” de años a
la par de su esposo, pero es la madre de quienes descendemos todos hoy en día,
pues era la única mujer pía después del Diluvio
Comentarios
Publicar un comentario