No sabían lo que tenían en casa.

 


 

Es muy común en toda la humanidad que reflexionemos en lo que teníamos hasta cuando lo perdemos. Desde el principio de la creación ha sido el mismo conflicto humano. Caín no se dio cuenta de todo lo que perdió, cuando en un momento de arrebato quitó la vida de su hermano Abel, sino hasta cuando volvió en sí, y le dijo a Dios: “He aquí, me echas hoy de la tierra, y de tu presencia me esconderé, y seré errante y extranjero en la tierra” (Génesis 4:14). Se dice de Esaú que luego de vender la primogenitura: “Aunque la lloró con lágrimas… no la recuperó” (Hebreos 12:16-17). Judas, aunque se arrepintió de haber entregado a su maestro, y aún, hizo lo que muchos ladrones arrepentidos no hacen hoy, de devolver lo robado, no alcanzó a ver lo que había hecho mal sino cuando ya fue demasiado tarde (Mateo 27:5). No permitamos que nos suceda el hecho de caminar con alguien, y darnos cuenta lo que valía hasta que la muerte o un suceso fuerte nos separe. Aprendamos a apreciar lo que tenemos en casa primeramente, y “lo qué” y “quien” nos rodea. Selah.

Señor: Danos un honesto celo por tu casa

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